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[Review] ‘Russian Doll’ rompe las reglas de viajar en el tiempo en su segunda temporada

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Como muchos fanáticos de la exitosa serie de Netflix ‘Russian Doll’, sentí que el programa no necesitaba una segunda temporada. Después de verla y digerirla, la historia que contó se sentía completa, finalizada y entregaba satisfacción a su audiencia, a pesar de que el final estaba abierto a la interpretación del espectador. 

Dicho esto, me sentía reacia a una segunda entrega, sin embargo no puedo estar más agradecida por la nueva temporada.

A través de siete episodios, Natasha Lyonne, Amy Poeheler y Leslye Headland traen de regreso a los protagonistas de nuestra historia, casi cuatro años después de los acontecimientos de la primera temporada y sólo unos días antes del cumpleaños número cuarenta de Nadia (Natasha Lyonne).

El primer capítulo nos entrega una explicación sencilla, y a la vez incipiente, de cómo finalizó la temporada anterior, con Alan (Charlie Barnett) y Nadia en la misma realidad, o línea temporal. Más información no es necesaria, ya sabiendo que contamos con las versiones de estos personajes que escaparon del bucle temporal podemos avanzar con la historia.

La segunda temporada se sumerge en los viajes a través del tiempo y asume que los espectadores han consumido suficientes películas al respecto como para conocer las reglas de este, “qué hacer y qué no hacer cuando viajas en el tiempo”, como nos recuerdan los mismos personajes.

Sin embargo, en el estilo característico de la serie, se burlan de estas reglas y tampoco planean seguirlas, volteando el mismo género para hacerlo sentir fresco y diferente a otras producciones que han intentado lo mismo.

Embalsamado en referencias a la temporada anterior, nos adentramos en la historia desconocida de los personajes que ya nos eran familiares, además de introducir nuevos rostros y demostrarnos que ellos también tienen una historia que contar.

Ya se podía vislumbrar quién es Lenora (Chloë Zevigny), la madre de Nadia, gracias a los flashbacks de la infancia de nuestra protagonista. Sin embargo, gracias a los viajes a los 80’s podremos conocer quién es de verdad esta mujer, atrapada dentro de su propia psiquis, y cómo el trauma generacional de la familia Vulvokov se forjó en las calles de Nueva York.

Si bien el trauma generacional podría sentirse como un tema manoseado gracias a las últimas producciones de Disney, no es un tema o una problemática que se deba descartar a simple vista en otras producciones. El tren hacia el pasado de la serie de Netflix se adentra en el rostro más crudo y doloroso de lo que significa este trauma, las heridas que dejó en tres generaciones de mujeres que parecen incapaces de salvarse de sus circunstancias.

A pesar de la brillantez que presenta la segunda temporada de ‘Russian Doll’, una secuela digna de continuar con el legado de corromper el género de la ciencia ficción con humor negro neoyorquino, peca de no apostar demasiado.

Es imposible negar que la introducción de viajes en el tiempo, en el formato y las reglas que ha escogido la serie para usarlo, es realizar malabares con el guión. Pero este truco parece controlado, como hacer malabares con pelotas, cuando se pudo realizar con clavas de fuego.

Sin quitarle sus méritos, los que son dignos de aplausos en pie, incluso llegando a hacer una referencia perfecta al pobre gato de Schrödinger casi al final de la temporada, a ratos se siente que la serie está jugando a la segura en algunos aspectos.

La historia de esta matryoshka es sobre Nadia, pero parte del encanto de este personaje es el contraste que se nos introdujo con Alan, quien durante esta temporada ha sido relegado a un segundo plano distante, volviéndose casi un Deus Ex Machina con ansiedad generalizada cerca de los últimos capítulos.

Al apoyarse tanto en Nadia y su rasposa personalidad, han dejado de explorar otros aspectos que pudieron ser grandes para la historia, y haber hecho de la resolución de esta temporada más satisfactoria una vez que se completaron los arcos de personaje que se presentaron.

Esta segunda temporada pudo haberse beneficiado de un octavo capítulo, que siguiera lógicas de su antecesora y darle más espacio a otros personajes, alejarse un poco de la órbita de Nadia, dándonos la oportunidad de adquirir más perspectiva sobre su viaje familiar y filial durante estos episodios.

Sin embargo, y sin dar spoilers, la serie logra llegar a un puerto que te remueve el corazón, antes de que se congele por la llegada del invierno. Mientras su primera temporada planteaba a dos personajes con conductas suicidas aprendiendo a vivir y querer hacerlo, su continuación explora más allá del “querer vivir”, sumergiéndose en “aprender a vivir” y, como me gusta interpretarlo, “seguir viviendo” a pesar de la vida que te tocó.

Los nuevos rostros que se han sumado en esta tanda de episodios, dándole vida a personajes que profundizan los viajes tanto de Nadia como de Alan han sido una grata sorpresa. Especialmente Annie Murphy, quien se alejó de sus raíces de Shitt’s Creek para expandir sus horizontes con el tipo de humor y drama que caracteriza ‘Russian Doll’, un balance que la actriz pudo manejar a la perfección.

Por otra parte, rostros recurrentes como Elizabeth Ashely interpretando a la entrañable Ruth, y Greta Lee retomando el manto de la extravagante Maxine, han adherido nuevas capas a la interpretación de estos personajes. Incluso, el mismo guión les ha dado más espacio para jugar con quiénes creíamos conocer y demostrar que son más que repeticiones pasivas de los bucles de Nadia.

Toma el tren número seis de Nueva York y vuelve a ver a Nadia y Alan, mientras el universo disfruta de torturarlos una vez más, envueltos en una fantástica producción que balancea cinematografía con humor al ritmo de Depeche Mode.

‘Russian Doll’ estrena su segunda temporada el 20 de abril, sólo en Netflix.

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